Escrito por Tendenzias

Isabel II: La reina adicta al sexo

Si, tras millones de años de historia, alguien es conocido por ser una de las personas con mayor pasión por el arte del fornicio, es que la cosa es serie. Si añadimos que ese alguien era mujer y reina, la cosa empieza a tomar tintes novelescos. Lo cierto es que la realidad y la historia dictan que Isabel II: La reina adicta al sexo, era una de las mujeres más ninfómanas que ha dado la realeza.

A lo largo de sus 74 años de vida (1830-1904), Isabel II: la reina adicta al sexo, disfrutó de los placeres carnales en todas sus vertientes. Una vida lujuriosa que se vio promovida por un matrimonio de conveniencia que la aburrió hasta el hastío. Obviamente, tampoco la tenía satisfecha en lo sexual. Y si lo de una reina ninfómana te parece fuerte, echa un ojo a esta teoría sobre La menstruación en la Edad Media: sangre afrodisíaca

Un matrimonio de poca conveniencia

Su primo, Francisco de Asís, fue el elegido para ser su rey. Craso error. No había nadie más afeminado en la realeza, para alguien que gustaba tanto del fornicio. Isabel II: la reina adicta al sexo, tenía claro que para ser la figura más relevante de España en el siglo XIX, debía estar desfogada. Si no era con su marido, sería con otros. Con muchos otros. Y no le fue mal. Desfogó todo lo que quiso y más.

Al final de su vida, la lista de amantes de Isabel II: la reina adicta al sexo, era inenarrable. Lo mejor de todo, los libros la describen como una mujer que no fue bendecida con el don de la belleza. No importaba, sustituía la genética con un arte para la carne que pocas mujeres dominaban por aquel entonces. La experiencia es un grado y, en este caso, la regente supo aplicarla.

Dicen que la suerte de la fea, la guapa la desea. En el caso del sexo, Isabel II no tuvo suerte, se la buscó. Y lo hizo desde bien joven. Ya en su época adolescente, hay escritos que recogen sus aventuras, escarceos y encuentros sexuales por las calles de Madrid.

La suerte de la fea…

La leyenda de Isabel II: la reina adicta al sexo, no tardó en llegar a todos los rincones de España. Como no, de Madrid. Por tal motivo, centenares de posibles amantes hacían lo posible por tener un encuentro casual con la reina. La esperanza de una relación casual y real era demasiado tentadora. La erótica del poder es irrechazable.

No obstante, era su círculo más cercano quien solía satisfacer el insaciable hambre carnal de Isabel II. Uno de ellos, Francisco Fontella, a quien conocían como Valldemosa, se ganó el apelativo de amante de la reina. Una de dos, o era muy bueno en la cama; o era muy pero que muy bueno en la cama. Lo cierto es que Valldemosa repitió más que nadie en el lecho real.

Cómo sería la destreza de este profesor de música, que fue condecorado con la Cruz de Carlos III. Sutil galardón para premiar su voracidad sexual.

Buscando la fama

No obstante, quien tuvo el dudoso honor de ser el primero en introducir a Isabel II: la reina adicta al sexo, en el mundo del fornicio, fue Salustiano de Olózaga. A este amante se le considera el número uno, no por calidad, sino por fechas, pues fue quien le robó el virgo a la monarca. Está claro que, echando un ojo a El amor según la mitología, el romanticismo había cambiado con el paso de los siglos.

Peor le fue a José Vicente Ventosa, consejero real veterano, quien fue expulsado de palacio. Sólo por estas decisiones, se podía adivinar quien rendía y quien no en la cama. Tras ellos, por la cama de Isabel II pasaron consejeros, políticos, miembros de la guardia real, incluso algún desconocido azaroso. Todo le valía a la reina para saciar su voraz apetito.

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Entre sus amantes con renombre destacaron, según cuentan las revistas de la época, Emilio Arrieta, José María Ruíz de Arana o Carlos Marfori. A los ya mencionados hay que sumar los anónimos, más fáciles de manejar por parte de la reina.

Y es que muchos de ellos llegaban a ella con segundas intenciones. Desde conseguir fama o posicionamiento en la sociedad, a ser contratado en la guardia real. Sólo los mejores lo conseguían. Y no fueron pocos. Es más, la leyenda de la reina adicta al sexo se multiplicó, cuando Tomás del Corral, su ginecólogo, contó su experiencia durante años con Isabel II.

Partos, abortos y un ginecólogo de confianza

Para empezar, la regente tuvo hasta 11 partos, de los que Tomás del Corral atendió ocho. Lo mejor es que pocos o ninguno serían provocados por Francisco de Asís, su afeminado primo y rey de trapo, quien ya se buscaba para sí sus propios amantes. Algo que tenía en común con su esposa, y es que en su caso también eran hombres.

Y hemos dicho 11 partos y no ha sido casual. A todos ellos hay que sumar los innumerables abortos que sufrió la reina. Muchos de ellos, provocados por enfermedades contraídas en sus escarceos amorosos.

A pesar de todo, hay quien defiende la actitud de Isabel II, la reina adicta al sexo. Es más, no son pocas las miradas que apuntan a su primo, marido y rey como causante de su adicción. Cuentan los libros que Francisco de Asís, no sólo no se encamaba con Isabel II, sino que eran enemigos íntimos y que hizo lo posible por deslegitimar su derecho a la corona.

Todo esto deriva en afirmar que la reina estaba mal casada. En cuanto al número incalculable de amantes, se excusa por ser algo habitual en la época, en el entorno de la aristocracia.

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