Los Tudors (III): Elizabeth
Al morir su rey, los seis matrimonios de Enrique VIII le costarían caro a Inglaterra. A través de ellos, se buscaba la perpetuación de la dinastía Tudor, sin embargo las naturalezas de los herederos que dejaba Enrique eran tan heterogéneas como lo fueron sus madres.
El único hijo varón, Eduardo VI, tenía nueve años cuando subió al trono. Durante los seis años que duró su reinado, el anglicanismo se fortaleció de la mano de regentes protectores, y se definieron los primeros dogmas de la religión inglesa. Sin embargo, el jóven rey dejó un vacío inquietante al morir prematuramente a los 15 años de edad. En 1533, los Tudors se habían quedado sin herederos varones al trono.
Pero si en algo caracterizaba a Inglaterra a diferencia de los otros reinos europeos, era el rol de las mujeres en la transmisión de la realeza (detalle que desató la Guerra de los Cien Años). Las mujeres podían ser reinas de Inglaterra y, al morir Eduardo, no faltaban candidatas: dos hijas de Enrique VIII que habían sido declaradas bastardas, y una sobrina lejana. Durante un lapso de nueve días, esta última fue la que sucedería a Eduardo VI: Jane Grey. Sin embargo, la incomprensible impopularidad de la mujer, y la ascendencia indirecta con Enrique VIII ocasionaría su pronta caída y ejecución en tan sólo unos días.
Rápidamente, María Tudor, la hija del primer matrimonio de Enrique VIII, se impuso en el trono y de su mano se instauró un acervado catolicismo. Los protestantes fueron perseguidos y la unión con Roma se restituyó. Gracias a María Tudor, España volvía a ser la aliada de Inglaterra. Si bien existía un enorme número de población católica en la isla británica, la imagen que despertaba la hija de Catalina era la de subordinación extranjera. Su casamiento con Felipe II, rey de España, no ayudó en absoluto a calmar los ánimos populares. En 1558, María Tudor murió luego de gobernar cinco años, dejando el trono a la hija de Ana Bolena: Elizabeth.
La nueva reina tenía veinticinco años y gozaba de una salud envidiable. En la corte de su padre había recibido una sólida formación humanística y hablaba perfectamente las principales lenguas europeas. Cuando accedió al trono se vanagloriaba de su ascendencia diciendo:
“Tanto por parte de padre como de madre soy de puro orígen inglés y, contrariamente a mi difunta hermana, no tengo una sola gota de sangre española en mis venas”.
Los ingleses amaron a su soberana porque les hizo sentirse orgullosos de ser ingleses. Con el fin de alejarse lo más posible de la figura de su hermana, Elizabeth evitó astutamente las propuestas de matrimonio que pudieran someter el reino al gobierno de un rey extranjero. Pronto se la llamó la “Reina Virgen” y, con el fin de mantener esta estrategia, nunca se casaría con nadie.
Las conspiraciones para derrocar a la Reina Virgen fueron un problema recurrente. Desde favoritos resentidos, pasando por intervenciones extranjeras, hasta llegar a su prima Maria Estuardo, (continua amenaza escosesa que intentaría dos veces tomar el trono para finalmente morir ejecutada), Elizabeth I logró combatir todos los ataques que le asestaron.
De hecho, su mayor gloria defensiva sería, ni más ni menos, la de derrotar a la Armada Invencible de Felipe II: la enorme flota del reino español acudió en 1588 al Canal de la Mancha, con el franco objetivo de destruir a Elizabeth, cuyas contínuas alentaciones hacia los corsarios británicos perjudicaban el colonialismo español. Se dice que la misma reina encabezó los ejércitos apostados en el estuario del Támesis, dispuesta a devolver hacia el mar al invasor. Los cronistas cuentan que se dirigió a sus soldados diciéndoles:
“He venido para vivir o morir entre vosotros. Sé que mi cuerpo es un débil cuerpo de mujer, pero mi corazón es el de un rey, ¡de un rey de Inglaterra!”
Elizabeth murió quince años luego, en 1603, a la edad de 69 años. Durante su reinado se iniciaría el desarrollo económico moderno que llevaría a Inglaterra a ser la potencia mundial indiscutible del siglo XVIII, y a ser el primer país en experimentar la Revolución Industrial. Bajo el impulso isabelino, nació la literatura nacional de la que William Skakespeare sería su mayor exponente. Sin haberse casado nunca, Elizabeth murió sin herederos, y el rey de Escocia, Jacobo IV Estuardo, se coronaría rey de Inglaterra, dando por terminada la era de los Tudors.
Fuentes:
- Venard, M.: Los Comienzos del Mundo Moderno, El Mundo y su Historia, Editorial Argos, Barcelona, 1970.
- Bray, G.: La Reforma Eclesiástica Tudor, Boydell Press, 2000.
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