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Hipatia de Alejandría, personaje de película

Siempre que el cine ha tocado con su varita mágica algún personaje histórico ha logrado sacarlo de la oscuridad en la que muchas veces se encuentra el pasado, aunque sea pagando el precio del retrato fragmentario y falseado. Esperemos que la última película de Amenábar (Ágora) cumpla con su cometido y consiga eludir el tributo de adulterar la historia, haciendo con ello justicia con una mujer como Hipatia de Alejandría.

Hipatia

Hipatia (también la veréis escrita como Hypatia, Hipacia o Hipateia) nació en Alejandría allá por el año 370 d.C., aunque hay historiadores que estiman que el nacimiento se produjo antes. Era hija de Teón, matemático y astrónomo que trabajaba en el Museo. Que tuvo madre es algo de lo que estamos convencidos, si bien la historia no ha creído necesario revelarnos su identidad.

Desde muy niña, recibió una completísima educación, supervisada celosamente por su padre, quien estaba decidido a convertirla en “un ser humano perfecto”. No creemos posible conseguir tal logro, por más empeño que un padre pueda poner, pero sí es cierto que Hipatia recibió una vasta educación.

Su labor principal la desarrolló en el campo de la enseñanza de las matemáticas y la filosofía, sirviendo sus escritos como tratados o libros de texto para sus alumnos. Se cuenta que eran muchos los que venían de otras tierras a asistir a sus lecciones.

Su trabajo más importante se desarrolla en el campo del álgebra, aunque también escribió tratados sobre geometría, filosofía, mecánica y tecnología. Durante mucho tiempo, ha sido considerada como la primera mujer de ciencia de la historia. Y lo cierto es que “la sabia egipcia” es, al menos, la primera científica de la que tenemos noticias fiables.

Pero lo que más pueda atraer al gran público del personaje no es todo esto. Al contrario, serán las intrigas religiosas y políticas que le tocaron vivir y la forma en que murió lo que, sin duda, hayan atraído sobre Hipatia la mirada del séptimo arte. Hagamos un repaso al guión … histórico, por supuesto:

Alejandría es en el año 415 d.C. un hervidero: la ciudad, tercera  del Imperio Romano en número de habitantes,  se había convertido en un centro cultural helenístico de primer orden, siendo a la vez la sede del Patriarca de su mismo nombre. Unos años atrás, el emperador Teodosio había promulgado leyes prohibiendo el culto pagano o, lo que es lo mismo, convirtiendo al cristianismo en la única religión practicable.

Cirilo es en estos momentos el Patriarca de Alejandría y un hombre de reconocido fanatismo religioso. Tiene enemigos entre los propios cristianos moderados y está dispuesto firmemente a acabar con cualquier atisbo de paganismo o herejía.  Primero los novacianos y luego los judíos sufrirán su furia.

Orestes es el prefecto imperial en la ciudad. Cristiano, pero convencido de que el poder religioso no debe inmiscuirse en los asuntos civiles. Y cierra el triángulo, por supuesto, Hipatia, amiga de Orestes  e igualmente empeñada en el triunfo de la razón sobre la fe ciega.

Ya tenemos, pues, el decorado y los protagonistas. No esperéis escenas de cama, pues las fuentes nos hablan en todo momento de una Hipatia virgen. Si a ello le añadimos una acusación de brujería hacia Hipatia, un Cirilo incansable en su hostigamiento del paganismo y una multitud de cristianos enloquecidos por el ayuno de la cuaresma y el fanatismo, tenemos ya todo lo necesario para el trágico final.

Un día de marzo de 415 Hipatia regresa a casa tras dar su acostumbrado paseo por la ciudad. Una muchedumbre dirigida por un tal Pedro, actor secundario, la saca del carruaje y la arrastra hasta una iglesia. Una vez allí, es desnudada y, todavía viva, le arrancan la piel y las carnes con caracolas afiladas. Después, ya muerta, su cuerpo es descuartizado  y  quemado.

Orestes informaría de lo acaecido a la corte de Constantinopla y solicitó repetidas veces una investigación, señalando a Cirilo como, cuando menos,  inductor de los hechos. Pero no eran tiempos propicios para pretender el castigo de un poderoso Patriarca por algo tan nimio como la muerte de una filósofa pagana. Orestes acabó renunciando a su puesto y huyendo de Alejandría. Cirilo acabaría engrosando el santoral.

A este relato le faltan, sin duda, numerosos matices que escapan al objeto del mismo. Al menos, estamos seguros de que, al ver la película, miraréis de otra manera a la bella Rachel Weisz. Nos conformamos con conseguir esto, aunque para ello hayamos tenido que contaros el final.

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Bibliografía recomendada:

Hipatia de Alejandria, Maria Dzielska.

El legado de Hipatia, Margaret Alic.

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