Economía de la Europa del Antiguo Régimen

Por Antiguo Régimen entendemos el sistema económico, social y político que procedía de la descomposición del feudalismo medieval y que se mantuvo vigente en Europa hasta la Revolución Industrial y liberal. El origen del antiguo régimen se suele fijar en el renacimiento, momento en el que, a pesar de la supervivencia del sistema económico feudal, […]

Por Antiguo Régimen entendemos el sistema económico, social y político que procedía de la descomposición del feudalismo medieval y que se mantuvo vigente en Europa hasta la Revolución Industrial y liberal. El origen del antiguo régimen se suele fijar en el renacimiento, momento en el que, a pesar de la supervivencia del sistema económico feudal, el desarrollo del capitalismo comercial y el financiamiento de las monarquías autoritarias, y después absolutas, modificando las estructuras medievales.

Los revolucionarios franceses de 1789 introdujeron por primera vez la denominación Antiguo Régimen para designar el estado de cosas al que la Revolución francesa había puesto fin. Las características básicas del Antiguo Régimen son las siguientes: la supervivencia del régimen económico señorial en pugna con el capitalismo comercial y gente, una población estancada, una sociedad de tipo estamental, y el absolutismo monárquico.

Ahora, a lo largo del siglo XVII, y especialmente el XVIII, nuevos grupos sociales, nuevas necesidades económicas y un extraordinario movimiento ideológico, la ilustración, acabarán por destruir en Europa el Antiguo Régimen.

Economía de base señorial

La economía del antiguo régimen era básicamente rural. Entre el 80 y el 90% de la población se dedicaba a tareas agrícolas, y esta actividad proporcionaba el 75% de la producción global de bienes. De la propiedad vinculada comportaba un tipo de agricultura tradicional y poco dinámica, como resultado de la concentración de la tierra en manos de la nobleza o de la Iglesia.

La mayor parte de la producción se dedicaba al autoconsumo. Por tanto, los intercambios comerciales eran escasos y el comercio se veía dificultado por la insuficiencia de sistemas de transporte. Pero, a pesar del predominio agrícola, también existían otras actividades de tipo artesanal e industrial, a partir del siglo XVI, se vieron fuertemente estimuladas por el desarrollo del comercio a ultramarino.

La propiedad de la tierra

La tierra, durante el Antiguo Régimen, era la fuente más importante de riqueza. Solo una pequeña parte de las tierras podrían ser consideradas de propiedad privada, es decir, se podía disponer libremente de ellas y ponerlas a la venta si se creía oportuno. Las demás estaban vinculadas a un título nobiliario, a la Iglesia, o a la Corona. La propiedad vinculada permitía a su titular sacar provecho económico y ejercer jurisdicción sobre ella, pero no era libre para venderla.

El conjunto de tierras en manos del señor (noble o eclesiástico) recibió el nombre de señorío territorial. Constaba, en primer lugar, de la reserva señorial, formada por las tierras más productivas del señor y los establecimientos principales: hornos, forja, molinos, establos, etc. Para la utilización de estas dependencias, los campesinos debían pagar un canon.

El resto del territorio de un señorío era dividido en parcelas llamadas mansos, cuya dimensión debía ser siempre suficiente para alimentar a una familia. El señor cedía estos mansos o bien a hombres libres que trabajaban la tierra en usufructo a cambio de pagar un censo, o bien a siervos que le debían asegurar prestaciones, tanto de productos como de trabajo.

Los derechos señoriales

Llamamos derechos señoriales al conjunto de beneficios y rentas que recibían los señores. estos derechos provenían, en primer lugar, de la explotación económica y sus propiedades, como hemos visto, y eran tantos los censos (productos o trabajo entregado por los campesinos de sus tierras) como las tasas por la utilización de los monopolios señoriales (molinos, herrerías, etc.).

Pero además el señor gozaba también de las tierras de propietarios alodiales (libres). Este territorio constituye lo que conocemos como señorío jurisdiccional, y daba el señor el derecho de ejercer sobre la zona atribuciones de carácter público. Así, el llamado derecho de ban le otorgaba la facultad de dictar órdenes y reglamentos en su dominio; el derecho de hacer justicia le permitía juzgar a los hombres de su territorio y hasta a los transeúntes, y el derecho de inmunidad daba autonomía social respecto al poder real. El señor también sacaba provecho económico del señor jurisdiccional a través de las multas aplicadas en función de su poder judicial, de los peajes de puentes y caminos, de los derechos de circulación de mercancías y de los permisos de mercado.

A este abanico de tributos feudales aún hay que añadir el diezmo, que consistía en la obligación para los campesinos de entregar la décima parte de las cosechas a la Iglesia para asegurar el mantenimiento del clero y del culto.

El estancamiento agrícola

En general, la agricultura era una actividad tradicional, muy atrasada desde el punto de vista técnico y con una productividad muy baja. Era una agricultura esencialmente de subsistencia, dedicada al policultivo (básicamente cerealístico). No había especialización y el comercio era escaso (autoconsumo). De todas formas, la existencia de algunos excedentes permitió su venta en los mercados locales en las ferias periódicas. También se cultivaban algunos productos más especializados como la viña o el lino, orientados esencialmente hacia el mercado.

Para el aprovechamiento de la tierra coexitían dos tipos de explotaciones. Por un lado, las individuales o colectivas en campos abiertos llamadas Openfields, en las que se cultivaban esencialmente cereales y en las que se practicaba el barbecho, es decir, donde siempre una parte de la tierra permanecía sin cultivar. Por otro, existían tierras comunales, dedicadas a bosques o pastos, de las cuales se beneficiaba toda la comunidad campesina.
La producción ganadera era también insuficiente, ya que la agricultura no producía los alimentos necesarios para aumentar la cabaña. La alimentación de los animales dependía básicamente de los rastrojos, de las hierbas que crecían en los campos de barbecho y de los escasos pastos comunales. En consecuencia, las producción de carne y leche era muy reducida y la dieta humana se basaba sobre todo en el consumo de cereales.

Las cosechas marcaban todo el ritmo de la economía, que se veía periódicamente azotada por las llamadas crisis de subsistencia: periodos de especial carencia o encarecimiento de los productos básicos, esencialmente del trigo. Estas crisis periódicas generaban hambre, desnutrición y aumento de la mortalidad entre la población.

Industrial tradicional y manufacturas

Una buena parte de todo aquello que era necesario para el consumo cotidiano se solía producir en el marco familia. La familia campesina era, pues la unidad de producción básica y se encargaba tanto de trabajar la tierra como de elaborar los productos de consumo doméstico. De todas formas, en las ciudades existía, desde la Edad Media, una producción artesana controlada por los gremios (agrupaciones de artesanos que ejercían la misma profesión). Su finalidad era, además de la asistencia mutua de los asociados, el control de las técnicas, de la calidad, del volumen y de los precios de la producción, así como del número de maestros que podían ejercer el oficio.

El aumento progresivo de la demanda de productos a partir de los siglos XVI y XVII, estimuló a los comerciantes y a algunos artesanos a buscar nuevos sistemas de producción para escapar del control gremial, que dificultaba el aumento de la producción y no permitía un margen demasiado amplio de beneficios. Con este objetivo se empezó a extender el Domestic System, que consistía en dar trabajo a domicilio a las familias campesinas. Así un artesano-comerciante distribuía la materia prima y facilitaba los instrumentos de trabajo para que los productos se elaborasen en los pequeños talleres instalados en la misma casa del campesino. Después, el comerciante, que normalmente pagaba por pieza elaborada, se encargaba de comercializar el producto en los mercados urbanos o coloniales.

Durante el siglo XVIII se difundió otro modelo de producción industrial: las manufacturas. Estas eran establecimientos subvencionados, impulsados por el Estado (en la Europa continental), o de iniciativa privada (en Inglaterra), donde se elaboraban determinados artículos de lujo. También se fabricaban productos para venderlos en los mercados internacionales por medio del comercio colonial. Su novedad consistía básicamente en el hecho de que la manufactura concentraba a un número muy elevado de trabajadores a sueldo bajo un mismo techo. En este sentido las manufacturas constituyen un precedente de la fábrica, puntal de la industria moderna.

La insuficiencia de los transportes

En el Antiguo Régimen, la red de comunicaciones era muy pobre y los medios de transporte muy rudimentarios. Los caminos y carreteras constituían el sistema de comunicaciones por excelencia, aunque resultaba muy costoso mantenerlos en buenas condiciones. Tan solo los caminos reales se conservaban en buen estado. En cambio, los caminos vecinales estaban en malas condiciones y el tránsito se hacía en ocasiones muy dificultoso por la abundancia de baches, piedras, charcos, etc.

Los vehículos más utilizados eran el carro y la diligencia, movidos por animales de tiro (caballos, mulos…). La velocidad era muy baja, ya que los vehículos más rápidos y ligeros solo alcanzaban 15 o 20 km por hora. En consecuencia, los desplazamientos se hacían largos y costosos: el trayecto París-Toulousse en diligencia duraba ocho días y costaba más de 2000 horas de trabajo de un jornalero.

El segundo gran medio de transporte era la navegación marítima y fluvial. La primera utilizaba esencialmente la fuerza del viento como método de tracción, y su capacidad de carga era bastante limitada (100t). Además, el desplazamiento era lento: se tardaba dos meses, en condiciones favorables, para ir de Inglaterra a Estados Unidos. La navegación fluvial constituía el medio de transporte más fácil y barato, pero necesitaba buenas condiciones hidrográficas, de la que no gozaban todos los países. En este sentido, Gran Bretaña poseía una red fluvial privilegiada que, con la construcción de canales de comunicación entre los principales ríos, dio origen a una importante red de navegación.

Comercio interior y comercio colonial

Los escasos excedentes, el bajo nivel de especialización y un sistema de transportes insuficiente daban como resultado un limitado desarrollo del comercio interior. Los intercambios se realizaban en las ferias y el comercio que existían también, desde antiguo, las grandes ferias periódicas, adonde acudía gente de muy lejos para vender y comprar.

Ahora bien, el aislamiento comercial característico del periodo preindustrial se rompió con el comercio colonial. A partir del siglo XVI se hizo mucho más frecuente el comercio entre territorios separados por el mar que entre regiones más próximas por tierra. Se abrieron nuevas rutas marítimas y el comercio colonial se convirtió en un factor de estímulo para las economías europeas. El comercio colonial proporcionaba materias primas para las industrias, permitía vender objetos manufacturados y daba grandes beneficios a sus ejecutores.

Paralelamente a esta expansión comercial, se produjo un gran crecimiento del uno de las finanzas. La necesidad de capitales para financiar las expediciones comerciales favoreció la ampliación de los mecanismos de crédito, de las compañías de comercio y de las instituciones financieras.
Los beneficios obtenidos en el comercio colonial eran muy altos y la rentabilidad favoreció la proliferación de mercaderes, banqueros y prestamistas, así como un mayor desarrollo de los bancos y de las compañías comerciales. El gran movimiento y la acumulación de los capitales que se produjeron alrededor del comercio colonial justifica que muchos autores caractericen este periodo preindustrial como el capitalismo comercial.

Las monarquías absolutas de los siglos XVII y XVIII propiciaron, mediante políticas merantilistas, la protección de las grandes manufacturas, de las compañías de comerciales y del comercio colonial. A través de prácticas intervencionistas, subvencionaron grandes manufacturas reales, concedieron concesiones comerciales y protegieron las flotas mercantes. Los monarcas se mostraban convencidos de que la riqueza de un país dependía de la cantidad de metales preciosos de que se disponía y que, por lo tanto, se debía ejercer una política encaminada a favorecer la exportación y aa frenar la importación par cosneguir, así ccumular la mayor canitdad de oro y plata posible.

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