La Sombra del Siglo de las Luces
El Siglo de las Luces, aquél momento dorado y esplendoroso que los más clásicos historiadores destacan como la cumbre de la civilización europea encontró en la salvajidad de la esclavitud su más vergonzosa sombra.
Si bien la magnitud de la esclavitud alcanzó su mayor momento durante el Iluminismo, no se trataba de algo nuevo para Europa. En el mundo antiguo fue una práctica extensamente difundida, en especial para las civilizaciones griega y romana, donde el transporte organizado de esclavos era de lo más normal. La costumbre tampoco se perdió durante la Edad Media, cuando la circulación marítima a lo largo del Mediterráneo llegó a su máxima expansión, y árabes y europeos intercambiaban productos a cambio de vidas humanas para esclavizar.
Sin embargo, las formas del tráfico hasta ese entonces se amoldaban a las reducidas necesidades de la incipiente economía europea. La demanda de mano de obra no era primordial, no existían nuevas tierras que trabajar, y los prisioneros que se obtenían como resultados de la guerra resultaban suficientes para los explotadores europeos.
La situación cambió cuando Colón descubrió un nuevo continente. Primero, los europeos debían apropiarse de toda esa nueva tierra para poder explotarla. Después, cuando lo lograron, notaron que habían exterminado de paso a toda la mano de obra que solía trabajarla. De modo que comenzaron a capturar personas del continente africano para que trabajasen las tierras americanas recientemente usurpadas tras la Conquista.
A menos de un siglo del descubrimiento del Nuevo Mundo, la trata de esclavos prosperaba a través del Atlántico. Un ejemplo fue John Hawkins (favorito de la reina Elizabeth I de Inglaterra) que, en 1567, desembarcó en Venezuela con unos 500 prisioneros capturados en Africa.
Hasta la segunda mitad del siglo XVII la trata de esclavos era casi un monopolio portugués, pero cuando se desarrollaron las colonias inglesas en norteamérica (Virginia, Georgia, Carolina) y en el Caribe, entraron masivamente otros europeos en el tráfico de esclavos.
Los holandeses, por ejemplo, que introdujeron los primeros esclavos en Virginia el año 1619, fueron los que al principio mejor se comportaron con los hombres capturados, lo cual habla negativamente de lo que vendría luego. Los trataban como siervos contratados que trabajaban durante cierto tiempo, generalmente siete años, y luego se los dejaba en libertad, dándoles incluso una pequeña parcela de tierra.
Pero el mercado que se abría en América del Norte, donde las colonias producían tabaco, arroz y algodón, hizo que pronto los holandeses también se orientaran hacia la trata inhumana de los esclavos.
Rápidamente se desarrolló un comercio triangular entre Europa, Africa y América: las manufacturas europeas de bajo valor eran exportadas a Africa, donde los africanos de la costa las compraban a cambio de esclavos capturados en el interior del continente negro. Estos esclavos eran transportados de Africa a América, donde se les obligaba a trabajar en las plantaciones de las colonias europeas. Luego, los productos de las plantaciones volvían a Europa (café, azúcar y algodón).
A principios del siglo XVIII, Inglaterra se había convertido en la máxima potencia naval del mundo y había adquirido el control efectivo de largos tramos de la costa occidental africana (de la que procedía la mayor parte de esclavos). A partir de 1713, Bristol y Liverpool se convirtieron en los principales puertos negreros, y la trata se convirtió en un factor de gran influencia en la economía inglesa. Al gobierno inglés no le importaba en lo más mínimo que los esclavos fueran transportados como animales y en condiciones insoportables, sino únicamente que sobreviviera el número suficiente de ellos para que el viaje transatlántico diera suficientes beneficios.
Hacia 1750, crecía vertiginosamente la demanda de esclavos. Sin duda alguna fue el siglo de oro de la esclavitud, impulsado por la expansión de las plantaciones americanas y la inexistencia total de leyes que frenaran las inhumanidades de la esclavitud.
Pero las cosas cambiaban lentamente. En Inglaterra germinaban las semillas del capitalismo, modo de producción que se basaba en la mano de obra proletariada. Las numerosas revueltas esclavas, el alto costo del mantenimiento de los prisioneros, las nuevas ideas decimonónicas, abrieron el camino para una paulatina legislación contra la esclavitud.
Dinamarca, ya liberal en aquella época, fue la primera nación que, en 1802, declaró ilegal el comercio de esclavos. La imitaron, en 1807, Inglaterra, que a partir de 1834 también prohibió la posesión de esclavos, así como su compraventa. Mientras que España y Portugal prohibieron la trata recién en 1835 y 1842 respectivamente, pero no la esclavitud en sí.
Con el viento liberal a favor, la Marina británica fue la encargada de hacer respetar la prohibición del comercio negrero, pero las medidas de control eran escasas y hasta 1822 sólo se castigaba a quiénes se sorprendía con esclavos a bordo. Cuando el capitán de un buque negrero se daba cuenta que no podría huir de sus perseguidores, arrojaba a los prisioneros al mar para evitar la condena. En 1822, ingleses y holandeses modificaron sus leyes para permitir arrestar al comandante aunque el barco sólo estuviera preparado para transportar esclavos.
Así, la vida de los esclavos a bordo se volvió mucho peor de lo que habían sido antes, ya que lo ilegal era comerciarlos, no poseerlos. Durante las fases del comercio las situaciones eran sumamente inhumanas y muchos de los prisioneros morían durante el viaje transatlántico, y los que llegaban lo hacían en pésimas condiciones sólo para dedicarse a trabajar en las mortíferas plantaciones coloniales. Cuando el tráfico se hizo clandestino, los esclavos eran encadenados en un espacio apenas suficiente para sentarse, donde además debían satisfacer sus necesidades básicas. Tan sólo en ocasiones se les refrescaba con un chorro de agua salada mediante un tubo conectado a la bomba de a bordo.
Unicamente en 1865, al final de la guerra civil estadounidense, el triunfo de los unionistas sobre los confederados implicó la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos. No obstante, los franceses siguieron con la trata durante algunos años. La esclavitud siguió siendo legal en Brasil hasta el año 1888, en comparación a los otros países latinoamericanos que ya la habían abolido en las primeras décadas del siglo XIX.
Se estima que desde 1520 hasta 1870 fueron conducidas como esclavas unos 10 millones de personas desde Africa hasta el Nuevo Mundo.
Fuentes:
- Navíos y Veleros, nº 41, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1993.
- Wolf, E., Europa y la gente sin historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
Imágenes: African-American History
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Carcasona: la invasión y su reestructuración
La Edad Media es una de las “eras” más largas que los historiadores tradicionalistas hayan inventado. Comprende 1000 años, e imaginar que no cambió nada durante tanto tiempo es pecar de simplista y reduccionista. Si bien el feudalismo y la fragmentación de la tierra fue, durante mucho tiempo, la norma de la política europea, durante los años centrales del período medieval (1100-1300), Europa fue testigo de una paulatina pero a veces violenta centralización del poder.
Los reyes de Inglaterra, Francia, España y Alemania comenzaron a fortalecerse frente a los grandes señores feudales que venían controlando sus tierras de facto. La Iglesia, a su vez, otorgó a los monarcas la legitimación necesaria para que adquiriesen mayor poder político, a cambio de que ellos protegieran a la fe católica frente al islamismo y las nuevas “herejías” que se abrían dentro del mismo cristianismo.
En este marco, el papa Inocencio III convocó a una cruzada contra el pueblo cátaro que crecía al sur de Francia bajo la tutela de los condes del Languedoc. La misión era exterminar la herejía y apropiarse de sus tierras. La dinastía de los Capeto, que regía la corona francesa, apoyó la cruzada enviando a las huestes de Simon de Montfort para que destruyera el poderío condal.
Así, los “cruzados”, invocados por el papa y arengados por San Bernardo de Claraval, llegaron a las puertas de Carcasona el 1º de agosto del año 1209. La ciudadela (que aún no contaba con el sistema de doble muralla que hoy vemos intacta) resistió el asalto y su señor Raymond-Roger Trencavel soportó, aislado, el ataque de los hombres del norte.Solamente la falta de agua y la traición hicieron caer la ciudad en manos de Simón de Montfort.El resultado fue la apropiación de Carcasona para las arcas reales, así como la expulsión de los cátaros, cuando no su eliminación. Durante el proceso no faltaron los intentos de recuperar la fortaleza, lo cual obligó a los reyes franceses, San Luis y su hijo Felipe, a construir defensas más poderosas en la ciudad.
Sus maestros de obra empezaron a levantar una muralla exterior alrededor de la interior que ya existía, la salida de las puertas fue protegida con refuerzos con forma de media luna, llamados “barbacanas”, y las murallas fueron flanqueadas por numerosas torres que no impedían tirar flechas desde las murallas interiores. La construcción de dobles murallas, además de duplicar las defensas, obligaba al enemigo a tropezar con dos obstáculos sucesivos.
Pero fue Felipe el Árdido, hijo de San Luis, quien de 1270 a 1285, dio a la ciudad su armadura de guerra real, y su mayor desarrollo. El arte militar evolucionó y llegó a su máximo esplendor. Entre las dos filas de murallas, el terreno en pendiente fue nivelado para crear lizas. Durante las excavaciones se debieron reconstruir los cimientos romanos y feudales de la muralla interior, por este motivo se explica que sus torres estén apoyadas sobre restos arquitectónicos del siglo XIII.
Bajo el gobierno real, la fortaleza llegó a ser inexpugnable. Inspiraba tanto temor que cuando el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III de Inglaterra, en sus saqueos durante la Guerra de los Cien Años, quemó la ciudad baja construida por San Luis, se guardó bien de acercarse a la Cité fortificada.
En los siglos XVII el Tratado de los Pirineos llevó la frontera entre Francia y España hasta los Pirineos, entonces la importancia de Carcasona comenzó a decaer. En 1836 Jean-Pierre Cros-Mayrvieille, personaje que amaba su ciudad, y que es el verdadero salvador de Carcasona, llamó la atención del gobierno sobre la importancia histórica de sus monumentos, y durante largos años no se cansó de pedir su restauración.Cuando Prosper Mérimée fue nombrado inspector general de monumentos, después de una visita a Carcasona, lanzó una enérgica llamada al gobierno.
Finalmente Viollet-le-Duc, que había dirigido las obras de las iglesias desde 1884, fue encargado en 1853 de los trabajos de restauración de las torres y murallas de la ciudad. Muy pronto se desencadenaron polémicas sobre la restauración de Viollet-le-Duc, quien, entre otras cosas, inventó los techos cónicos azulados de las torres, que nunca existieron. Sin embargo, su tarea de restauración sin duda salvó a Carcasona de caer en las ruinas y el olvido.
Más tarde, durante la Primera Guerra Mundial, estuvieron prisioneros en el Castillo Comte (el castillo que se levanta ya dentro de la ciudad doblemente amurallada) cerca de 300 oficiales alemanes, mientras que en la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación de Francia, la ciudad entera se convirtió en un cuartel general alemán y sus habitantes se vieron obligados a abandonar sus casas hasta el 20 de agosto de 1944, cuando los los nazis fueron expulsados del lugar.
Finalmente, ante el peso de la historia que guardan sus piedras, Carcasona fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997, por la UNESCO.
Romanos, visigodos, sarracenos, señores feudales, y reyes de Francia, han aportado cada uno su propia piedra para la construcción de esta magnífica ciudad armada, puerta de los Pirineos. La ciudad de Carcasona es un libro de piedra en el que se puede leer la historia de cualquier época y documentarse en todos los sistemas de la arquitectura militar desde los romanos hasta el siglo XIV, y un ejemplo del cuidado y amor por la historia propia.
Fuentes:
- Deveze, L.: Carcasona y los Castillos Cátaros, Casa Edritice Bonechi, Florencia, 2008.
- Pietri, L.: La Edad Media, El Mundo y su Historia, Editorial Argos, Barcelona, 1970.
Imágenes: http://www.carcassonne.culture.fr/
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Carcasona: sus orígenes y leyendas
Al viajar por el suroeste francés, no lejos de la región catalana, una mole de piedra se aparece en el camino hacia los Pirineos. Por un instante, la integridad de las murallas y torres puede provocarnos la sensación de estar viviendo en otros tiempos, mientras que la magnitud y la solidez de esta monumental ciudadela fortificada nos hace dudar sobre cómo pudieron levantarla los hombres que nos precedieron.
La naturaleza, el arte y la historia han construido durante veinte siglos esta obra sorprendente que constituye un conjunto único en el mundo. Carcasona no es una fortaleza aislada como tantos castillos medievales, sino una verdadera ciudad fortificada, un centinela al borde de la escarpada que domina en el río Aude.

Los primeros registros indican que los romanos se establecieron en esta región en el siglo II a.C., y comenzaron construyendo un campo fortificado, un castellum de mediana importancia, en el lugar en que existía un oppidum del grupo de los Volsci Tecnosagi. Más tarde, una colonia de veteranos romanos se instaló alrededor del campamento fortificado y fue el comienzo de su establecimiento definitivo, que en el curso de los siglos llegó a rodear la fortificación de suroeste a noroeste. Efectivamente la colonia “Julia Carcaso” se encuentra registrada en el año 20 a. C., como parte del Imperio Romano y, como tal, Carcasona (en francés, Carcassonne) gozó de la paz romana durante cuatro siglos. Fue solamente cuando los pueblos germanos comenzaron a desplazarse desde los límites del Imperio, en el Rhin, que los romanos reforzaron sus asentamientos.
Sin embargo, y como es sabido, esto no fue suficiente y después de la caída de Roma, los visigodos se asentaron en Carcasona durante casi 300 años, entre 440 y 725 d. C.
En el 725, Carcasona fue tomada por guerreros árabes provenientes de la Península Ibérica, que comenzaban a desplazarse hacia Francia a través de la costa catalana. Sin embargo, la ocupación sarracena no dejó huellas en sus monumentos, y dejaron sólo recuerdos y leyendas pero ningún edificio. Justamente de este momento data la leyenda de la “Dame Carcas”, cuya estatua se encuentra antes de cruzar el puente levadizo. Dame Carcas era la mujer del rey sarraceno Balaack. Se cuenta que Carlomagno asedió Carcasona durante 5 años, y al final toda la guarnición local moría de hambre. Dame Carcas, como último recurso, hizo entonces comer todo el trigo que quedaba al único cerdo vivo y lo tiró desde lo alto de una torre. Cuando Carlomagno vio la cantidad de trigo que salía de la panza del cerdo, se desanimó y abandonó el asedio. Mientras el rey se retiraba, la ciudadela hizo sonar sus trompetas en señal de triunfo, y el escudero de Carlomagno exclamó a su rey: “Señor, Carcas te sonne”. Se cuenta que de ahí viene el nombre de la ciudad.
Pero finalmente Carlomagno triunfó sobre los sarracenos y los francos dominaron Carcasona. Cuando el imperio carolingio llevó su frontera sur a Cataluña, la ciudad perdió su importancia estratégica y en este período ningún acontecimiento importante la vio como protagonista.
Después de la muerte del Carlomagno, su imperio se quebrantó rápidamente y los que habían representado el poder central se fragmentaron poco a poco, junto con sus tierras. Así se desarrolló el período feudal, durante el cual los condes y vizcondes de Carcasona se sucedieron en el poder durante tres siglos, sin la tutela efectiva de ningún rey. Los condes, y en particular Roger el Viejo, así como la dinastía de los Trencavel, gobernaron y vivieron en la ciudadela, sus obras más importantes fueron el castillo interno y la nave románica de la Basílica de Saint-Nazaire.
La Edad Media, a pesar de lo que comúnmente se cree, era un período de importante circulación de gente y productos. Las relaciones comerciales con Oriente Medio se intensificaron y llevaron, desde el siglo XI, y con ellas nuevas ideas comenzaron a circular, al igual que había ocurrido con el Cristianismo proveniente de Oriente hacia Roma. Así comenzó a esparcirse, por el suroeste francés, el catarismo. Esta doctrina se basaba en el dualismo oriental cuyas características principales eran la presencia de un dios del Bien, creador de la esfera espiritual; y de la existencia del Mal, creador del mundo visible, del hombre, de la materia, y de todo lo que tiene una existencia terrena.
La doctrina de los cátaros era tan severa y de tal austeridad, que sólo los iniciados que hubiesen recibido el “consolamentum”, su único sacramento, podían practicarla completamente. La élite de los iniciados, llamados los “Puros y Perfectos” (justamente catharos proviene del griego, y significa “puro”), constituía una suerte de clero de la comunidad. Los simpatizantes y creyentes también podían practicar las mismas reglas, pero recibían el consolamentum sólo en caso de peligrar sus vidas.
Durante algún tiempo los cátaros se desenvolvieron libremente en Carcasona, y en muchos de los feudos cercanos. La zona vivió un período de florecimiento cultural de la mano de los señores feudales, dueños absolutos de toda la región. Las bases para la formación de un nuevo pueblo se habían asentado, la religión, el idioma, el gobierno y las tradiciones se diferenciaban tanto del núcleo francés en Paris, como de los reinos españoles, del Califato árabe peninsular, y de la Iglesia Romana. Si las cosas hubieran seguido como iban desarrollándose, probablemente hoy estaríamos hablando de un país aparte en el sur francés. Sin embargo, ni el Rey de Francia ni el Papa permitirían que una cosa así sucediese.
Fuentes:
- Deveze, L.: Carcasona y los Castillos Cátaros, Casa Edritice Bonechi, Florencia, 2008.
- Pietri, L.: La Edad Media, El Mundo y su Historia, Editorial Argos, Barcelona, 1970.
Imágenes: R. Barcudes, 2008.
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