Los Faros a través de la Historia
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Los Faros a través de la Historia

Desde la Antigüedad los navegantes han confiado en las luces fijas de la costa para ser guiados por el mar. Uno de los primeros faros que figura en los registros históricos fue el de Alejandría, edificado por Sóstrato de Cnido durante el reinado de Ptolomeo II (238-246 a.C.). El Faro de Alejandría se considera una de las maravillas del mundo, si bien fue destruído hacia fines del siglo XV. En Europa, los romanos también erigieron faros en Dover y en Bouologne en los siglos I y II d. C. Anteriormente los fenicios ya habían levantado estructuras similares como la de La Coruña, que se decía que tenía propiedades mágicas (se afirmaba que su fuego seguía ardiendo ininterrumpidamente durante 300 años, sin necesidad de ser alimentado).

Faro de AlejandríaTras estos casos aislados, en el siglo XV empezó a aparecer un sistema de luces más organizado, generalmente simples linternas que podían verse a importantes distancias cuando las condiciones meteorológicas eran buenas. Los monjes de los conventos costeros solían cuidar del mantenimiento de los faros. Sin embargo, aún los faros más grandes no eran en esta época más que fuegos encendidos en grandes braseros situados en sitios elevados.

Durante los siglos XVII y XVIII, muchos faros fueron contruidos por particulares, que percibían un peaje de los buques que pasaban regularmente por aquel lugar. Otros los financiaron navegantes y armadores, y eran cuidados por voluntarios. Estos síntomas indicaban una fuerte necesidad por regularizar la navegación portuaria y costera. Fue así que, paulatinamente, los estados nacionales asumieron la directa responsabilidad de la gestión, tanto de los faros como de las señales costeras. A comienzos del siglo XX, cualquier ruta del litoral con un tráfico razonable estaba señalizada de manera que ningún barco se encontrara fuera del alcance de un faro.

El faro quizá más famoso de la literatura universal, se inauguró en la Isla de los Estados (extremo sur de la Argentina) en 1884 recibiendo el nombre de Faro de San Juan del Salvamento. La fascinación por este edificio reside en que durante mucho tiempo fue la única luz que tenían los navegantes en el recóndito mar austral. También era la última referencia antes de lo desconocido: la Antártida. Tan importante fue su instalación y ubicación, alejada de los más importantes centros mundiales, que Julio Verne se atrevió a escribir una novela utilizando a la isla de los Estados y el faro como escenarios de su obra “El Faro del Fin del Mundo”.

Faro de EddystonePero, ¿cómo funcionaban los faros? A finales del siglo XVIII, se aportaron algunas mejoras a la tecnología de los faros. La primera fue el sistema catóptrico, que reflectaba la luz de la lámpara de aceite mediante un simple espejo parabólico, incrementando mucho la visibilidad. Más tarde se utilizó un sistema dióptrico, que concentraba los rayos luminosos refractándolos a través de una lente obteniendo mejores resultados. Finalmente, en 1827 se instaló una estructura compuesta catadióptrica (una combinación entre los sistemas catóptrico y dióptrico) en el faro de Chassiron, Francia, aumentando mucho el alcance de su visibilidad.

En cuanto a la energía utilizada, los técnicos probaron varios tipos de aceite para alimentar las linternas con mecha plana (las cuales también fueron variando), pero finalmente se adoptó el petróleo. Arthur Kitson consiguió un gran aumento en la luminosidad fabricando un aparato que vaporizaba el petróleo a presión y luego lo mezclaba con aire antes de llegar al quemador.

Cuando se dispuso de energía eléctrica, el petróleo quedó atrás, y en los años veinte, las lámparas de filamento se habían convertido en la fuente habitual de iluminación. Sin embargo, la edificación de faros continuó evolucionando tanto en su luminosidad como en su ingeniería. Luego de más de 2000 años siguen siendo un elemento indispensable para la navegación, y fuente de misteriosas historias.

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