Los cielos en la Antigüedad
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Los cielos en la Antigüedad

Todas las culturas de la Antigüedad, más allá de su desarrollo, vieron al cielo con curiosidad e identificaron determinados grupos de estrellas en la noche. Y aunque muchos de estos agrupamientos corresponden a la percepción particular de cada sociedad, a veces se dieron coincidencias asombrosas.

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Según el astrónomo Julius Staal (1917-1986), entre los nativos norteamericanos existía una tradición muy extendida que también identificaba un oso formado por las estrellas α, β, γ, y δ de la Osa Mayor. En las tres estrellas que forman la lanza del Carro o el asa del Cucharón (una parte de la Osa Mayor), veían tres cazadores, mientras que en la tradición griega clásica formaban la cola del oso.

Otra fuente mítica recurrente de esta constelación es la que se asocia con un vagón o carro, como enseñan algunas representaciones babilónicas y otras de la antigua China.

Pero, ¿cuál fue el impulso original que motivó al hombre a crear mapas y dar nombres a las constelaciones? En primer lugar, se sabe que los antiguos eran, en su mayor parte, lunares pero no solares, y es muy probable que fuera el deseo de rastrear la trayectoria de la Luna lo que terminó conduciendo a una sistematización de las estrellas.

Un desarrollo temprano y popular fue la tabulación de las mansiones lunares. Las mansiones lunares son grupos de estrellas o regiones estelares alineadas a lo largo de la eclíptica, o el ecuador en la antigua China, mediante los cuales se puede determinar la trayectoria lunar. En árabe se conocían como al-manazil, en la India bajo el nombre de nakshatra, y en China como hsiu.

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Un segundo elemento fundamental para la observación es la aparente rotación diurna del cielo. Los grandes astrónomos de la historia, los sacerdotes de la cultura asirio babilónica cristalizaron este fenómeno en los tres “caminos” de los tres dioses llamado Ea Anu Enlil y que data de 1400 a.C.

Ea tomó el camino exterior, de las estrellas al sur del ecuador celeste. Su hijo, Enlil, recibió el camino interior de las estrellas circumpolares. Anu obtuvo el camino del centro, alrededor del ecuador. A lo largo de cada uno de estos caminos, doce dioses representados por doce estrellas anunciaban los meses del año, y en cualquier momento 18 de estas estrellas eran visibles a la vez.

A partir del siglo VI a. C., la Grecia antigua asimiló gran parte del conocimientos mesopotámicos y egipcios de los cielos, y el Ea Anu Enlil seirvió de base al zodíaco griego. Ya para el siglo II d. C., Claudio Ptolomeo reelaboró los datos existentes y confeccionó un catálogo con más de mil estrellas visibles desde los países mediterráneos.

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Las agrupó en 48 constelaciones (los 12 signos del zodíaco, otras 21 constelaciones del norte, y unas 15 en el sur). El catálogo de Ptolomeo fue modificándose a través de los siglos, pero sentó las bases del actual mapa celeste aceptado por los astrónomos contemporáneos.

El cielo era, probablemente, la única cosa que estas distantes civilizaciones compartían entre sí. La manera diversa en que cada pueblo observó a las estrellas, siempre fijas, siempre eternas, ofrece un claro ejemplo de la rica e innegable relatividad cultural de la humanidad.

Fuentes:

  • Cornelius, G.: Manual de los cielos y sus mitos, Blume, 1998.
  • Levinas, M.: Las Imágenes del Universo, Buenos Aires.

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