La Piratería: Edad de Oro
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La Piratería: Edad de Oro

Entre los siglos XVI y XIX, los piratas asolaron el tráfico marítimo y los puertos metropolitanos en América. Sus acciones, a menudo intrépidas, los convirtieron en una leyenda que, extrañamente, omite cualquier juicio de valor sobre sus actividades.

Si bien la edad de oro de la piratería suele fijarse entre 1690 y 1720, la práctica de apoderarse de la carga de otros barcos ya se hallaba muy difundida en la antigüedad, sobre todo en el mar Mediterráneo, donde los comerciantes, como los fenicios, traficaban cuantiosas cantidades de mercancías. También en el mundo grecorromano la actividad de los ladrones del mar registró períodos especialmente intensos. En la Edad Media, la piratería se identificó con las conquistas de los vikingos y de los árabes, y dio lugar a la formación de verdaderos Estados piratas, denominados berberiscos, que perdurarían hasta el siglo XIX. Pero fue la llegada europea al “Nuevo Mundo” y el inequitativo tráfico de mercancías entre América y España, lo que determinó el desarrollo de una imponente flota pirata.

En primer lugar, hay que aclarar que existe cierta confusión entre los términos corsario, bucanero y pirata, que a veces se consideran como sinónimos. Originariamente, las naves corsarias eran una unidad armada de propiedad privada que operaban durante la guerra con la patente de corso, es decir, el permiso de su Corona para atacar y capturar a los mercaderes enemigos. Un ejemplo de esto lo ofrece Francis Drake (1540- 1596), quien se convirtió en corsario a las órdenes de Elizabeth I. Por otro lado, los bucaneros (o filibusteros) operaban sin el respaldo gubernamental, pero a diferencia de los piratas, evitaban el ataque a ciertos barcos, por ejemplo los de su misma bandera o las aliadas. El comportamiento de los piratas, en cambio, no respondía a ningún tipo de norma estatal.

Durante mucho tiempo, el Caribe fue el paraíso de los ladrones del mar. Generalmente eran ingleses que hacían objeto de sus rapiñas a los españoles, pero en 1698 Inglaterra y España se aliaron momentáneamente, y por un breve período se puso coto a la impunidad de los corsarios en aquella zona. La piratería entonces se trasladó por un tiempo a norteamérica y al océano Indico, pero hacia 1716, los piratas concentraron nuevamente su atención en el Caribe, demostrando en parte que los conflictos entre reinos no se vinculaban con la actividad pirata.

A principios del siglo XVIII, situaron sus bases en la isla de New Providence, en las Bahamas. Según el gobernador de Virginia, había más de 2.000 piratas viviendo a lo largo de la playa, fuera de cualquier jurisdicción o ley. Partiendo de New Providence, atacaban a los numerosos buques mercantes en tránsito por el mar de las Antillas rumbo a las costas norteñas de América del Sur, las Indias Occidentales y los puertos de Europa y Norteamérica. Entre estos piratas caribeños se encontraban temibles capitanes como el famoso Barbanegra, de quien se dice que se ataba mechas de fuego en los cabellos y barbas para que su cabeza quedara envuelta en humo y su aspecto infundiera terror.

Tras las crecientes persecuciones a lo largo del Caribe, muchos piratas se movilizaron hacia las aguas africanas, donde en la costa occidental el comercio de esclavos entre europeos y africanos parecía prometer un elevado botín. Es aquí donde surge el primer relato de Bart el Negro, quien representó mejor que nadie la imagen estereotipada del pirata: chaleco suntuoso, calzones, sombrero oscuro, cadena de oro, cuatro pistolas y espada al cinto. Hasta el gobernador de Nueva Inglaterra decía de él: “No puede dejarse de admirarlo por su coraje y audacia”.

Más allá de los hechos, lo cierto es que el pirata se asocia desde su aparición con el estereotipo del hombre libre e independiente. A medio camino entre la realidad y la ficción, se ha originado una imagen mitológica de la piratería que hoy vemos plasmadas en recreaciones como la de Disneylandia y sus recientes películas de los Piratas del Caribe. Sin ir más lejos, la piratería informática de nuestros días tampoco es un delito grave para nuestra sociedad, incluso hay quienes la defienden frente al acopio de los grandes grupos económicos. El pirata, en todas sus variantes, se opone a través de la ilegalidad al monopolio económico, pero también se gana, a causa de ello, la admiración de los que repiten sus hazañas a lo largo de la historia y las convierten en leyenda.

Fuentes:

  • Gimeno, D., El Expansionismo Europeo, Historia Universal, Editorial Sol 90, Barcelona, 2004.
  • Navíos y Veleros, nº 25, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1993.
  • Wolf, E., Europa y la gente sin historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

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