El Juicio a Galileo
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El Juicio a Galileo

En 1661, inmediatamente después de haber hecho sus grandes descubrimientos astronómicos, Galileo fue a Roma. Llevaba consigo varios ejemplares de su famoso telescopio.

Todos querían mirar el cielo, y el sabio matemático fue colmado de honores; fue nombrado miembro de la Academia dei Lincei, homenajeado en el colegio de los jesuitas, alguno de cuyos profesores eran sus amigos. Invitado por cardenales, uno de los cuales escribió al duque de Toscana: “creo sinceramente que si viviésemos en la antigua república romana se erigiría en su honor una columna del Capitolio.”

imageRetrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans, siglo XVII (Wikipedia)

Las primeras voces discordantes saldrían de Florencia, donde Galileo no había tardado en crearse enemigos con sus burlas y maneras cortantes. En los círculos próximos al duque era motivo de inquietud el desacuerdo entre la Biblia y el sistema de Copérnico. Un día, un dominico que predicaba sobre Josué denunció violentamente, desde el púlpito, las ideas copernicanas y a los matemáticos que las propagaban.

Galileo respondió a esos ataques con una carta a un sabio benedictino de Florencia, el padre Castelli, carta que desarrolló unos años más tarde esta vez dirigiéndola a la duquesa Cristina. En ella, señalaba claramente cuáles debían ser las relaciones entre las Sagradas Escrituras y la ciencia: “La Biblia no fue escrita para enseñarnos astronomía.” Y añadió esta frase que atribuía al cardenal Baronio: “La intención del Espíritu Santo no fue mostrarnos cómo es el cielo, sino cómo se va a él.” Galileo reivindicaba, pues, la libertad del científico para seguir su propio método independientemente de los teólogos.

Llevando la discusión a este terreno, Galileo creía defenderse, pero no hizo sino agravar su caso. Lo que había puesto en guardia a la Inquisición fue, sobre todo, la intrusión de un matemático en el terreno religioso. Si Galileo hubiera hecho como Copérnico, que sólo hablaba de la rotación terrestre como una hipótesis, un modelo no necesariamente real útil para entender el movimiento de los astros, nunca hubiera despertado la sensibilidad de los cristianos.

Pero no era esta una solución para contentar a Galileo Galilei. Él estaba seguro que la Tierra realmente giraba, y comprendió que Copérnico también lo había estado. Cuando fue a Roma en 1616, lo hizo para confirmar su conocimiento abiertamente, y para terminar con la “verdad revelada” que proponían sus adversarios. El embajador de Toscana  describía su pasión diciendo: “En seguida pierde la cabeza cuando tocan sus ideas; tiene un carácter muy apasionado y le falta paciencia y prudencia para dominarse. Esta irritabilidad hace para él muy peligrosa la atmósfera de Roma.”

Y efectivamente, en febrero de 1616, la Inquisición dictó un decreto en contra del sistema de Copérnico, después de lo cual, el cardenal Bellarmino fue encargado de rogar a Galileo que “abandonara la opinión que había mantenido hasta entonces sobre el Sol como centro del universo y sobre el movimiento de la Tierra.” Galileo no sólo que no cedió, sino que publicó críticas contra sus adversarios.

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Galileo ante el Santo oficio, por Joseph-Nicolas Robert-Fleury, siglo XIX (Wikipedia)

En 1632, desencadenó el escándalo con su Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo, escrito en italiano, y accesible a un amplio grupo de lectores gracias a la forma divulgativa en la que supo redactarlo. Cualquiera podía seguir fácilmente la discusión entre los tres personajes: Simplicio, el escolástico, Salviati, el decidido copernicano, y Sagredo, el mediador.

La Inquisición romana se puso nuevamente en marcha con una maquinaria más agresiva. El papa Urbano VIII, quien alguna vez había apoyado a Galileo, lo abandonó.

El 22 de junio de 1633, después de un proceso de 20 días, un tribunal de siete cardenales declaró que “sostener que el Sol, inmóvil y sin movimiento local, ocupa el centro del mundo, es una proposición falsa y herética, puesto que contradice el testimonio de las Escrituras. Así mismo es absurdo y falso desde el punto de vista filosófico decir que la Tierra no está inmóvil en el centro del mundo.”

Galileo fue entonces obligado a firmar una fórmula de abjuración. Se le condenó a confinarse en su casa de Arcetri, donde murió en 1642, ciego, pero no sometido.

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Fuentes:

  • Venard, M.: Los Comienzos del Mundo Moderno, El Mundo y su Historia, vols. V y VI, Argos, 1970.
  • Levinas, M.: Las Imágenes del Universo, Fondo de Cultura Económica, 1996.

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