Alejandro Magno en Oriente, parte III

Por | 17/12/2007 1 comentario


Memnón era el general de Darío, su primer gran contrincante. Un soldado astuto, tan estratega como él; un hombre detallista al que no se le escapaba nada de cada batalla. Sin embargo, la superioridad numérica de las tropas persas creó en él una falsa seguridad que acabó por rendirle cuentas en Granico. Era el año 334 a.C. y gracias a sus arqueros y sobre todo, a la pronta muerte de los principales jefes persas, el ejército de Darío quedó descabezado y hubo de huir.

Alejandro Magno continuó su avance por Asia menor, y las victorias se fueron sucediendo: en Siria (batalla de Issos, año 333 a.C.); en Fenicia (el asedio de Tiro, año 332 a.C.)… y así llegaron hasta Egipto y Mesopotamia, la cuna de la civilización. El momento de la batalla decisiva se acercaba, y a la orilla del Eufrates se produjo el primer enfrentamiento entre Alejandro, y Mazaios, un sátrapa persa que dirigía la guarnición de la zona. Preveyendo que Alejandro seguiría el curso del Eufrates, y visto que las victorias del macedonio eran cada vez más frecuentes, decidieron atacar por el lado de los aprovisionamientos, y para ello, decidieron quemar todas las abundantes cosechas de las riberas del Eufrates mientras ellos se retiraban. Querían debilitar al ejército macedonio atrayéndolo hacia zona quemada. Sin embargo, de nuevo, el genio de Alejandro se adelantó e intuyendo la argucia, decidió dirigirse al noroeste en vez de seguir el curso del río.

Batalla de Issos

Mosaico de la batalla de Issos

Tanto macedonios como persas se dirigieron al Tigris. Se encontraron en Gaugamela, y allí, ahora sí, sabiendo ya del poder de Alejandro, los persas decidieron hacer lo que antes no habían querido hacer por desprecio al poderío macedonio: reunir absolutamente a todo su ejército. El que por aquel entonces era el mayor y más poderoso del mundo.

En la batalla de Gaugamela, año 331 a.C. se decidiría el destino del mundo de aquella época. La proporción era de 7 contra 1 y además, la ventaja de terreno estaba en favor de los persas que decidieron practicar una táctica envolvente, rodeando a los macedonios y atacándoles por los dos costados. El miedo macedónico ante tan inmensas tropas se vio acrecentado cuando precisamente aquel día sucedió un eclipse total. En una época creyente de magias y mensajes divinos, aquello se interpretó como un mal presagio. Sin embargo, Alejandro Magno demostró a sus soldados con su tranquilidad que él era el gran Alejandro, el que había llegado hasta allí derrotando a cuantos se les habían puesto por delante.

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