Cuando el papa Julio II llamó a Roma, en 1505, a Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), este ya era famoso. El año anterior, en Florencia, había erigido frente al palacio de la Señoría la gigantesca estatua de David, esculpida en un solo bloque de mármol, un verdadero atleta antiguo, cuyo heroísmo aparecía vagamente teñido de melancolía. ...

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